El departamento de Jaime Rivas Savater tenía la amplitud necesaria para albergar a una familia de seis personas, pero solo vivía él desde hace seis años. Fue herencia de su madre. Sus padres habían amasado su fortuna como pocos podían, unidos y a brazo partido. Eso en sí ya tenía un merito enorme considerando la época oscura que les tocó vivir. Un país en el que las crisis económicas estaban a la orden del día y los valores se resquebrajaban ante el continuo avance de una “apertura cultural”. Fue su padre quien murió primero, cuando más lo necesitaba, pero no le guardada resentimiento por ello. Nunca pudo entender a las personas que culpan a los muertos por haberlos abandonado, como si ellos comprasen el boleto de partida al más allá y sin escalas. Su madre aún vivía. Mujer de carácter dominante y belleza extraordinaria. Su rostro se tornaba más bello cuanto más endurecía su expresión ante situaciones que lo requerían, por lo que, lejos de atemorizar, la gente le ofrecía un respeto nacido de la admiración y el cariño. Solo sus hijos eran capaces de transfigurar su semblante. Lo eran todo para ella, sobre todo Jaime, el mayor de ellos. Fue cuando se casó que le heredó el departamento. Este se situaba en el último piso de un antiguo edificio propiedad de la familia. Pero ahora los sueños de Jaime se habían esfumado, y el departamento que antes le llenaba de una sensación de libertad y serenidad, le agobiaba como si todo el aire contenido en él aumentase de densidad oprimiéndole el alma. En otras ocasiones creía ver como las paredes se contraían encerrándolo en una caja, apoderándose de él una claustrofobia que no le dejaba encontrar la paz que tanto anhelaba. Le atormentaba el no saber cuando había perdido el camino, en que había fallado. Cuando más se hallaba desesperado le corroía el alma el no saber que tan grande era el pecado que había cometido, y que desconocía, como para merecer la mala pasada que el destino le había reservado. Añoraba un pasado cada vez más alejado de su realidad, recuerdos que a fuerza de evocarlos se desgastaban hasta volverse inconsistentes. El tiempo se los arrebataba con saña para entregarlos como deposito de una deuda que no comprendía. Lo había perdido casi todo, la fortuna de su familia, el amor, el odio, a su hijo, la esperanza, la fe. Todo en ese orden cronológico. Solo una cosa le quedaba, el dolor, y se aferraba a él desesperadamente como un niño se aferra a su madre en los momentos de peligro. El dejarlo ir le negaba la posibilidad de sentir que todavía seguía vivo. Se resistía a vagar por el mundo como del limbo se tratase. Todas sus pérdidas se habían dado una a una en el departamento, y era ahí donde decidió permanecer. El departamento potenciaba el dolor, eran una misma entidad física formando una simbiosis.
Etiquetas: relato
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